Un japonés identificado como Kondo, nacido dentro de una familia descendiente de samuráis y criado bajo una arraigada tradición budista, relató cómo su encuentro con Jesucristo rompió una cadena religiosa que había atravesado generaciones de su familia. Su historia comenzó en Ifuna-Noda, una antigua aldea japonesa fundada en el siglo XVI por samuráis de apellido Kondo, donde prácticamente toda la población practicaba el budismo.
Kondo explicó que casi todos los habitantes de su comunidad compartían su mismo apellido y que desde niño asistía a templos budistas, mientras aprendía caligrafía japonesa y era formado dentro de las creencias tradicionales de sus antepasados. Su identidad familiar, cultural y religiosa parecía estar definida mucho antes de que pudiera tomar una decisión personal sobre su fe.
Durante su adolescencia, sin embargo, comenzó una etapa de rebeldía y tomó decisiones que dejaron una profunda marca en su conciencia. Según su testimonio, cometió un error que produjo en él una constante sensación de suciedad interior que no conseguía eliminar sin importar lo que hiciera. Aquella carga lo acompañó durante años.
A los 20 años se trasladó a Canadá, donde por primera vez tuvo un contacto directo con el Evangelio y comenzó a asistir a una iglesia. Cuatro años después tomó la decisión que cambiaría radicalmente su historia: confesó a Jesucristo como su Salvador en una congregación japonesa establecida en territorio canadiense.
Después de ser bautizado, Kondo aseguró haber experimentado algo que sus esfuerzos anteriores no habían conseguido producir. Aquella culpa que arrastraba desde la adolescencia dejó de dominarlo y comprendió el perdón desde una realidad totalmente diferente. “Aquella era la nueva vida que Dios me había dado”, recordó al describir su transformación.
Tiempo después comenzó a servir como cristiano en otro país considerado peligroso. Mientras él estaba fuera de Japón, su madre comenzó a asistir a una iglesia influenciada por el testimonio de su hijo y confiando en las oraciones de los creyentes por su protección. El cambio también terminó alcanzando a su padre, quien ocupaba una posición de liderazgo budista dentro de la aldea.
La situación se volvió especialmente decisiva cuando Kondo regresó a Japón porque su padre padecía un cáncer avanzado. El hombre no solo estaba vinculado al templo budista, sino que era uno de los guardianes de las tumbas ancestrales de la familia. De acuerdo con la tradición, esa responsabilidad religiosa debía pasar posteriormente de su padre a Kondo y después a sus propios hijos.
Kondo y un pastor local hablaron entonces con su padre sobre abandonar esos compromisos y ser bautizado como cristiano. El padre respondió que aquello no era una decisión exclusivamente suya, sino de toda la familia. Kondo consultó a sus familiares, obtuvo su aprobación y finalmente su padre rompió formalmente los vínculos religiosos que lo unían al templo, profesó su fe en Jesús y fue bautizado. “Dios obró el milagro de conceder el ‘sí’”, afirmó Kondo.
Antes de morir, su padre tomó una decisión que convertiría incluso su funeral en una proclamación pública del Evangelio: construyó una cruz para colocarla sobre su tumba. Debido a que la tradición de la aldea exige que cada familia envíe al menos un representante a los funerales, Kondo entendió que aquella reunión podía ser una oportunidad extraordinaria para anunciar a Cristo a una comunidad profundamente vinculada al budismo. Durante la ceremonia habló de la muerte y resurrección de Jesús y de la vida eterna ofrecida a quienes creen en Él.
Actualmente, aquella cruz permanece sola dentro de un cementerio exclusivamente budista y, para Kondo, continúa proclamando el mensaje que su padre quiso dejar antes de morir.
La historia muestra cómo una tradición sostenida durante siglos puede ser quebrada en una sola generación cuando una persona decide seguir a Cristo, y cómo ese testimonio puede alcanzar después a toda una familia.
Tito 3:5 recuerda que la salvación no procede de esfuerzos religiosos ni de obras humanas, sino de la misericordia de Dios y de la renovación que Él produce: el pasado puede marcar una vida, pero no tiene la última palabra cuando Cristo hace nuevas todas las cosas.