Amina y Shamila dormían dentro de la vivienda cuando comenzó el fuego. De acuerdo con ICC, su padre, identificado como Muhamud, habría rociado la casa con combustible y posteriormente le prendió fuego mientras sus hijas permanecían en el interior, dejándolas rodeadas por las llamas.
La organización informó que las jóvenes habían rechazado el islam y abrazado la fe cristiana el 26 de agosto, apenas unos días antes del ataque. Según el reporte, Muhamud les había advertido que actuaría para cumplir lo que él describió como la ley islámica debido a la decisión religiosa que habían tomado.
Con la salida bloqueada por las llamas, ambas comenzaron a retirar ladrillos de una de las paredes hasta abrir un agujero suficientemente grande para escapar. Salieron por ese espacio y posteriormente fueron auxiliadas por vecinos cristianos, quienes también alertaron a líderes de la comunidad.
Las jóvenes consiguieron salvar sus vidas, pero prácticamente todo lo que tenían quedó reducido a cenizas. Colchones, ropa y otras pertenencias personales fueron consumidos por el incendio, dejándolas sin el lugar donde vivían y con muy pocos bienes materiales.
Sin embargo, Amina aseguró que la violencia no destruyó aquello que motivó el ataque. “El fuego consumió nuestro refugio, pero no consumió nuestra fe y esperanza en Jesucristo”, declaró la joven, dejando claro que tanto ella como su hermana permanecen firmes después de haber escapado de la muerte.
Líderes cristianos de la zona condenaron el incendio y señalaron que el responsable debe responder ante la justicia. Un jefe local, que pidió mantener su identidad en reserva, agradeció a Dios por la supervivencia de las hermanas y destacó la solidaridad de los cristianos que acudieron a rescatarlas, al tiempo que rechazó tajantemente la violencia cometida bajo argumentos religiosos.
El ataque denunciado contradice las propias garantías legales de Uganda. La Constitución del país prohíbe la discriminación religiosa y reconoce la libertad de pensamiento, conciencia, creencia y práctica religiosa, además del derecho de las personas a pertenecer y participar en organizaciones religiosas.
Amina y Shamila perdieron su casa y sus pertenencias, pero el intento de silenciar su decisión de seguir a Cristo terminó produciendo el testimonio contrario: sobrevivieron y permanecieron firmes. Su historia recuerda la realidad descrita en 2 Corintios 4:8-9: la presión y la persecución pueden golpear duramente al creyente, pero no tienen la última palabra sobre una fe arraigada en Cristo.