En su casa convivían prácticas vinculadas al espiritismo y al catolicismo. Marcos contó que llegó a sentir tanto rechazo hacia su madre que ni siquiera podía mirarla a los ojos o llamarla “mamá”. Aquellas heridas formaron parte de una adolescencia difícil y cargada de conflictos.
A los 14 años, después de una fuerte pelea familiar, fue expulsado de la casa de su abuela y terminó viviendo con una tía evangélica. Allí comenzó a escuchar por primera vez de manera directa acerca de Jesús, aunque su reacción inicial estuvo lejos de ser favorable.
Su tía le decía que oraba por él y que Dios tenía un propósito para su vida, pero Marcos rechazaba esas palabras. Convencido de que ella estaba equivocada, decidió estudiar la Biblia a escondidas con una intención concreta: encontrar argumentos para refutarla e intentar llevarla nuevamente al espiritismo. También admitió que veía a los evangélicos como engañadores y a los pastores como personas interesadas únicamente en el dinero.
Sin embargo, ocurrió lo contrario de lo que esperaba. Mientras avanzaba en la lectura de las Escrituras, sus propias convicciones comenzaron a ser cuestionadas. Marcos aseguró que fue precisamente a través de la Biblia que empezó a conocer al Dios que hasta entonces había rechazado, y aquello debilitó progresivamente su resistencia al Evangelio.
Por ese tiempo también llevaba una vida marcada por fiestas y dependencia del alcohol. Una noche salió a beber con un amigo y ambos terminaron en medio de un tiroteo, sin estar involucrados en el conflicto. Marcos sobrevivió, pero el episodio lo golpeó con fuerza: al día siguiente comenzó a preguntarse hacia dónde estaba llevando su vida y cuántas veces había escapado de consecuencias mucho peores.
Esa experiencia aumentó su interés por Dios. Tiempo después aceptó la invitación de su tía para asistir a una iglesia evangélica y, según relató, durante su tercer culto tomó una decisión que cambiaría su historia. El 2 de abril de 1999, con una Biblia prestada en sus manos, pidió a Dios que le hablara y terminó leyendo el Salmo 106:1.
Marcos tenía 22 años cuando afirmó haber tenido aquel encuentro con Jesús. “Me rendí al Señor”, recordó al describir el momento. A partir de allí comenzó a involucrarse intensamente en su congregación, participando en el ministerio de alabanza y en labores de evangelización, con un fuerte deseo de compartir su nueva fe con sus amigos.
Con el paso de los años ingresó al seminario teológico y llegó al pastorado. Su servicio cristiano lo llevó a diferentes lugares, incluidas comunidades ribereñas y misiones en Bolivia. Actualmente dirige la Sétima Igreja Congregacional de João Pessoa, está casado y tiene hijos, según la información publicada sobre su testimonio.
La historia resulta especialmente contundente por el punto desde donde comenzó: un hombre que abrió la Biblia buscando destruir los argumentos de una cristiana terminó viendo confrontadas sus propias creencias.
Marcos reconoce que alguna vez despreciaba el Evangelio y desconfiaba de quienes lo predicaban, pero afirma que todo cambió cuando “el Evangelio me alcanzó”. Su testimonio recuerda que la Palabra no necesita ser suavizada para producir convicción: incluso quien se acerca a ella buscando combatirla puede terminar siendo confrontado por su verdad.